Cuando era pequeña me encantaba que llegasen estas fechas. Todo era paz y armonía. Dividíamos las fiestas entre la casa del pueblo materna y el piso de los abuelos paternos. Dependiendo, si un año íbamos al pueblo en Nochebuena, la Nochevieja la pasábamos con los abuelos paternos o al revés.
Por la noche venía Papá Noel, a dejar una tontería, porque mi madre siempre nos hizo ver que ella era ante todo MONARQUICA.
La ilusión de la mañana no nos la quitaba nadie, por mucho que dentro del paquete hubiera unos calcetines. Que trasladado a día de hoy, es causa de mofa cada vez que alguien abre un paquete y se encuentra las fantásticas fundas para pies.
Ibamos a casa de los abuelos con una sonrisa en la cara, a ver qué nos había dejado el gordo vestido de rojo, y siempre había algo, que guay!
La comida de navidad se celebraba con la misma gente para acabar el copioso menú de la noche anterior.
Desde la perspectiva de un niño, las Navidades molaban mogollón.
Va pasando el tiempo y las cosas cambian. No es que no me guste la Navidad , que sí, me encanta, pero se ve todo desde otro punto de vista.
Aquellas cenas rodeada de toda la gente siguen haciéndose pero cada año que pasa, suele haber un hueco en la mesa que nadie ocupa.
Te vas dando cuenta de que la gente no era verdaderamente como parecía ser, o como tú lo veías con 9 años, y eso decepciona.
Tu gente sonríe, pero con menos fuerza que hace 10 años.
Las fiestas siguen siendo motivo de reunión, pero probablemente lo pasemos mejor cualquier otro día que ese en concreto.

Este año, después de 3, voy a poder estar en todas las mesas que se pongan, ocupando mi hueco habitual. Y eso me pone contenta.